Con el tiempo se hizo costumbre poner candados a cuanto
maestro o polic铆a llegaba a laborar a la zona de Conchucos. Sueldo poquito,
pero seguro; era el dicho com煤n. As铆 surgi贸 esta popular forma de conseguir
pareja, como un deseo de elevar de estatus y conseguir un ingreso econ贸mico
fijo y regular.
Don Rudeciendo Vargas viv铆a en la ciudad de Huari, en el
barrio Pucutay y era propietario de un peque帽o fundo ubicado a la entrada de la
ciudad. Lleg贸 a tener una sola hija, pues la madre muri贸 en el parto. Don
Rudeciendo solo ten铆a ojos para su hija. A los galanes de Huari los fue desechando
porque seg煤n 茅l no merec铆an ser consortes de tan gran belleza.
En 1928 lleg贸 a Huari el sargento Salatiel Ordo帽ez, mozo
brav铆o que suelto en plaza, se dedic贸 a enamorar a cuanta hija de Eva tuvo en
frente. Cuando le toc贸 el turno a Irene Vargas, don Rudeciendo ech贸 a andar su
plan.
-Irenita –dijo a su hija-. Anoche escuch茅 una hermosa
serenata bajo tu ventana.
- ¿Qu茅 cosa escuch贸 usted, se帽or padre? -Inquiri贸 Irene
haci茅ndose la tonta.
-Mira hija, conmigo no van esas cosas. S茅 muy bien que era
el sargento Ordo帽ez. Te dir茅 que me parece un buen tipo, as铆 que no tendr铆a
problema en recibirlo con buenos ojos cuando quiera pasar a saludarte.
Irene no daba cr茅dito a lo que hab铆a o铆do. ¡Su padre
aceptando un pretendiente...! Cuando de pronto tres golpes fuertes en la puerta
indicaron que ten铆an visita.
-Voy a ver qui茅n llama. –dijo don Rudeciendo. Abri贸 la
puerta y se dio con la humanidad del Sargento Ord贸帽ez. – ¡Adelante, pase usted!
–invit贸 al polic铆a.
Azorada sali贸 la joven a saludar al sargento Ordo帽ez y
mientras intercambiaban respetos, don Rudeciendo cogi贸 unas bridas y
mostr谩ndoselas al polic铆a le dijo:
-Queda usted en su casa. Me acaban de avisar que una de mis
vacas est谩 por parir y debo de buscar al veterinario en su fundo de Hu谩ntar.
Confi贸 en que se comportar谩 con mi hija como todo un caballero.
Don Rudeciendo sali贸 y cerr贸 tras s铆 la puerta de la casa.
Irene, que estaba m谩s sorprendida que el polic铆a por la actitud de su padre,
invit贸 al sargento una copa de Vermouth Cinzano, licor muy de moda en aquel
tiempo, y se sent贸 a su lado a hacerle conversaci贸n.
Poco tard贸 Ord贸帽ez en mostrar las verdaderas intenciones de
su visita. Se mostr贸 como el m谩s ferviente enamorado y le rog贸 le permitiese la
gracia de un solo beso. Irene se negaba, pero como en el lenguaje femenino toda
negativa encierra en s铆 una aceptaci贸n, termin贸 por ofrecer sus virginales
labios al atrevido enamorador.
Ord贸帽ez, como buen militar, sab铆a bien que una vez
conquistado el primer baluarte, es mucho m谩s f谩cil hacerse del castillo, y
acometi贸 briosamente pese a las protestas de la bella Irene que dudaba entre
conservar su virginidad o entregarla al gal谩n que tan bien sab铆a expresarle sus
sentimientos y hacerla so帽ar.
Mientras tanto, don Rudeciendo se hab铆a dirigido a casa del
juez de Paz, don Jacinto M谩rquez y con 茅l pas贸 donde el sub prefecto don
Gabriel Magui帽a. Los tres se encaminaron a casa de don Rudeciendo encontr谩ndola
muy bien cerrada con un enorme candado en la puerta.
Decidieron abrir el candado y se dieron con un cuadro
espectacular. Ordo帽ez estaba en pa帽os menores y la pobre Irene que ya hab铆a
perdido algunas prendas, luchaba a duras penas por guardar su honra.
- ¿Est谩 usted consciente de lo que acaba de hacer? –Pregunt贸
el Juez de Paz. –Usted ha infringido el art铆culo 167 del C贸digo Civil. Acto
seguido le recit贸 una serie de incisos y art铆culos conexos que lo describ铆an
como un criminal. Le habl贸 de allanamiento de morada, ultraje a una menor de
edad, con ventaja, alevos铆a y ensa帽amiento.
Asustad铆simo, el sargento Ord贸帽ez cay贸 de rodillas ante don
Rudeciendo. Quien era tan expresivo para enamorar a incautas, emple贸 toda su
habilidad para disculparse con el padre de Irene. Le habl贸 de su encendido amor
por ella, de que desde el primer instante que lleg贸 a Huari no ten铆a mayor
ilusi贸n que amar a tan bella joven, que estaba dispuesto a casarse de inmediato
para reparar su falta, que en 茅l tendr铆a a un abnegado yerno; que no esperaba
las horas en pasar a formar parte de tan distinguida familia.
Media hora despu茅s, quienes transitaban por la plaza Vigil,
fueron testigos del paso de una inusual comitiva que se dirig铆a al templo de Mama
Huarina. Ordo帽ez iba todo compungido mientras Irene no cab铆a en s铆 de
felicidad. A la pareja le escoltaban el padre de la novia, el Sub Prefecto y el
Juez de Paz. Una vez realizado el matrimonio religioso, todos pasaron a la
alcald铆a a celebrar el contrato civil. El juez fue el padrino y el Sub Prefecto
fungi贸 de testigo. En menos de una hora, el tarambana Ordo帽ez result贸 casado,
oleado y sacramentado.
La noticia corri贸 como reguero de p贸lvora. Todo Huari
felicitaba la agudeza de don Rudeciendo. Las enamoradas burladas envidiaban la
suerte de la bella Irene y los galanes frustrados se mofaban de Ord贸帽ez que de
modo tan incauto cay贸 en la trampa.
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